La época
Roma y Cartago, mediados del siglo III, las dos sedes cristianas más importantes de Occidente. Un tiempo de persecuciones intermitentes —primero bajo Decio, después bajo Valeriano— que dejó a la Iglesia dividida ante una pregunta dolorosa: ¿qué hacer con los cristianos que, por miedo a morir, habían renegado de su fe y ahora pedían volver?
La historia
Cornelio es elegido Papa en el año 251, tras más de un año de sede vacante: nadie se atrevía a aceptar el cargo en plena persecución de Decio. Su pontificado, de apenas catorce meses, se centra en gestionar esa pregunta dolorosa sobre los apóstatas arrepentidos. Se enfrenta al presbítero Novaciano, que se proclama antipapa y se niega a readmitir nunca a quienes habían claudicado. Cornelio, más misericordioso, defiende que el perdón es posible tras una penitencia sincera. Poco después es desterrado a Civitavecchia, donde muere en el 253.
Lo que ocurre después es casi un acto de resistencia silenciosa. Una mujer romana llamada Lucina recupera el cuerpo del Papa de noche, en secreto, y lo entierra en una cripta excavada en los terrenos de su propia finca, junto a la Vía Apia. Aquella cripta privada acabaría formando parte de lo que hoy conocemos como las Catacumbas de San Calixto.
Lucina, de noche y en secreto, da sepultura al cuerpo de Cornelio.
Cipriano, en Cartago, tiene un origen muy distinto: fue abogado y orador pagano antes de convertirse hacia el año 246, influido por un sacerdote llamado Cecilio. Al bautizarse, vende todos sus bienes y hace voto de castidad. Es elegido obispo por aclamación popular en el 248. Cuando en el 252 una terrible peste asola Cartago, Cipriano organiza una respuesta de caridad que sorprende incluso a sus propios fieles: pide que se cuide no solo a los cristianos, sino también a quienes los persiguen. Escribe un breve tratado, Sobre la mortandad, para sostener el ánimo de su comunidad en medio del horror.
Desterrado en el 257, es condenado a muerte al año siguiente. Al escuchar la sentencia, exclama: "¡Gracias sean dadas a Dios!" — y la multitud que lo acompaña grita: "¡Que nos maten también a nosotros, junto con él!". Antes de morir, pide que se le entreguen veinticinco monedas de oro a su propio verdugo. Los fieles empapan sábanas blancas con su sangre para conservarlas como reliquias.
Cipriano, momentos antes de su martirio, en el año 258.
Aunque nunca llegaron a conocerse en persona, Cornelio y Cipriano mantuvieron una correspondencia estrecha, apoyándose mutuamente en las mismas disputas sobre el perdón a los apóstatas. Esa amistad epistolar es la razón por la que, desde el siglo IV, la liturgia romana los celebra juntos en una sola memoria, aunque murieran en años y ciudades distintas.
Curiosidades
En el siglo IX, unos embajadores enviados por Carlomagno pasaron por Cartago de camino a Persia y pidieron permiso para venerar la tumba de Cipriano. La encontraron tan abandonada que sus reliquias corrían peligro, así que solicitaron llevárselas consigo — así es como acabaron fuera de África, repartidas entre distintas ciudades europeas.
Conviene aclarar una confusión muy extendida en el mundo hispano y portugués: el célebre "Libro de San Cipriano" —un grimorio popular de fórmulas mágicas y conjuros— no tiene nada que ver con el Cipriano de Cartago que celebramos hoy. Se atribuye a un personaje legendario distinto, "Cipriano de Antioquía", un supuesto mago convertido que ni siquiera está reconocido oficialmente como santo por la Iglesia. Es una confusión tan común que merece la pena tenerla clara.
Reliquias y devoción popular
La Cripta de Lucina, donde fue enterrado en secreto Cornelio, forma hoy parte de las Catacumbas de San Calixto, en Roma, el cementerio oficial de los primeros papas. Su lápida original todavía se conserva, con la inscripción "CORNELIUS MARTYR EP" — un pequeño detalle curioso: está en latín, mientras que las lápidas de los demás papas del siglo III enterrados en la misma catacumba están en griego. En una pared cercana, unas pinturas cristianas muy tempranas ya representan juntos a Cornelio, a Cipriano y a un tercer obispo africano, San Optato — la misma pareja que celebramos hoy, retratada por manos anónimas hace más de mil setecientos años.
Cómo reconocerlos en el arte
Es de los pocos casos en los que dos santos aparecen representados juntos desde los primeros siglos del cristianismo, sin que sea una convención posterior. El estilo paleocristiano de catacumba —sencillo, simbólico, de paleta terrosa— es el que mejor encaja con su época (siglo III, dentro del rango I-VI de la norma de estilos). Cornelio suele distinguirse por sus atributos papales; Cipriano, por la palma del martirio.
Folclore y actualidad
El nombre de Cipriano ha dejado huella incluso en la toponimia española: la localidad de San Cibrao das Viñas, en Galicia, junto con varias parroquias gallegas más que llevan su nombre en su forma local ("Cibrao"), conservan viva su memoria siglos después de su martirio en el otro extremo del Mediterráneo.
Patronazgo
San Cipriano es patrono de Cartago y de los obispos africanos, e invocado tradicionalmente contra la peste.
Oración
San Cornelio y San Cipriano, que os sostuvisteis mutuamente en tiempos de persecución sin llegar nunca a conoceros en persona, enseñadnos el valor de la amistad que sostiene la fe a distancia. Que sepamos, como vosotros, perdonar a quien vuelve arrepentido, y servir con caridad incluso a quienes nos hacen daño. Amén.
DIES SANCTI