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San Eduardo el Confesor, rey de Inglaterra, sentado en su trono con corona y cetro, en estilo de miniatura de manuscrito iluminado inglés del siglo XI

13 de octubre

San Eduardo el Confesor

En el arte: rey anciano coronado, con cetro y anillo, entronizado o repartiendo limosna

En el arteRey anciano coronado, con cetro y anillo, entronizado o repartiendo limosna

La época

Inglaterra, principios del siglo XI. Durante décadas, la isla ha sufrido oleadas de invasiones vikingas procedentes de Dinamarca, hasta el punto de que el rey danés Canuto el Grande consigue hacerse con la corona inglesa. La dinastía inglesa legítima, la Casa de Wessex, queda desplazada del poder. En este contexto de ocupación extranjera nace y crece Eduardo, hijo del depuesto rey inglés Etelredo II —apodado "el Indeciso" por su gobierno débil frente a los ataques daneses— y de Emma de Normandía, una princesa francesa. Con apenas diez años, la familia real inglesa tiene que huir y refugiarse en Normandía (la región del norte de Francia de donde procedía su madre), donde Eduardo pasará más de veinte años de exilio.

La historia

Durante ese largo exilio en Normandía ocurre una tragedia que marcará el resto de la vida de Eduardo. Su hermano Alfredo intenta regresar a Inglaterra, pero es capturado por la facción danesa que entonces gobierna el país y, con la complicidad de un poderoso noble inglés llamado Godwin, conde de Wessex (es decir, gobernador de una de las grandes regiones del reino), es cegado y termina muriendo por las heridas. Eduardo nunca olvidará el papel de Godwin en aquella muerte, aunque el destino los obligará a entenderse.

Cuando muere el último rey de origen danés sin dejar heredero, los nobles ingleses llaman a Eduardo para devolver la corona a la dinastía original. Regresa en 1041 y es coronado rey en 1043, ya con cuarenta años, después de treinta pasados fuera de su país. Pero el poder real no está solo en sus manos: Godwin —el mismo hombre implicado en la muerte de su hermano— es el noble más rico e influyente de Inglaterra, y Eduardo se ve obligado, por pura necesidad política, a casarse con su hija, Edith. Es un matrimonio de conveniencia entre dos bandos que se necesitan y no se fían el uno del otro; sin embargo, Eduardo y Edith deciden vivir su unión en castidad perpetua, algo que sus biógrafos posteriores interpretarían como un signo más de la santidad del rey.

El problema de fondo es que ese matrimonio nunca da hijos. Sin un heredero claro, la pregunta de quién gobernará Inglaterra tras la muerte de Eduardo queda abierta —y esa pregunta sin responder será la mecha que encienda uno de los acontecimientos más importantes de la historia europea. Según los cronistas normandos (los historiadores del bando francés de Normandía), Eduardo prometió el trono a su primo Guillermo, duque de Normandía, durante una visita hacia 1051. Según los cronistas anglosajones (los del bando inglés), la corona no era algo que el rey pudiera regalar por su cuenta: correspondía decidirla al witan, el consejo de grandes nobles del reino. En su lecho de muerte, ya en enero de 1066, Eduardo nombra sucesor a Haroldo Godwinson, hijo de aquel mismo Godwin y su consejero de mayor confianza en los últimos años. Guillermo, al enterarse, se siente traicionado en una promesa que consideraba suya por derecho, reúne un ejército y cruza el Canal de la Mancha. El choque entre ambos pretendientes se resuelve en la célebre Batalla de Hastings, el 14 de octubre de 1066 —apenas diez meses después de la muerte de Eduardo—, con la derrota y muerte de Haroldo y la conquista normanda de toda Inglaterra: uno de los puntos de inflexión más determinantes de la historia de Europa, con origen directo en una sucesión que Eduardo dejó sin resolver del todo.

Milagros

La historia más repetida sobre Eduardo es la del anillo. Cuenta la tradición que, siendo ya rey y gran devoto del apóstol san Juan Evangelista, se encontró en un camino con un anciano mendigo que le pedía limosna en nombre de ese santo. Eduardo no llevaba dinero encima, así que se quitó su propio anillo de oro y se lo entregó. Tiempo después —las versiones antiguas no coinciden en si pasaron dos, seis o siete años—, dos peregrinos ingleses que viajaban por Tierra Santa (la región de Jerusalén, meta de peregrinación cristiana) se encontraron varados y sin ayuda, hasta que un anciano se apiadó de ellos. Al saber que eran ingleses, aquel hombre se identificó como el propio san Juan Evangelista, les devolvió el mismo anillo que Eduardo había regalado años atrás, y les pidió que se lo entregaran al rey junto con un mensaje: por su vida casta, pronto se reuniría con él en el Paraíso. Eduardo murió poco después de recibir la noticia, y aquel anillo se conservó durante siglos en la Abadía de Westminster como una reliquia que, se decía, había pasado un tiempo en el propio cielo.

El rey Eduardo el Confesor, a caballo, entrega su anillo de oro a un anciano mendigo junto a una capilla de piedra, en estilo de miniatura de manuscrito iluminado inglés

Eduardo entrega su anillo al mendigo que resultaría ser san Juan Evangelista.

Se le atribuye también el llamado "toque real": la creencia de que Eduardo fue el primer rey inglés capaz de curar la escrófula (una inflamación de los ganglios del cuello, conocida entonces como "el mal del rey") con el simple contacto de su mano. La costumbre de que los reyes "tocaran" a los enfermos continuaría en Inglaterra y Francia durante siglos después de él.

Curiosidades

La más impactante de todas sus historias ocurre en su propio lecho de muerte. Según la Vida del rey Eduardo (un relato escrito para su viuda poco después de morir, y por tanto una fuente prácticamente contemporánea a los hechos, no una leyenda tardía), el rey moribundo relató a los presentes una visión: dos monjes que había conocido de joven en Normandía se le habían aparecido con un mensaje de Dios. Le advertían de que los grandes hombres de Inglaterra —condes, obispos, abades— eran en realidad siervos del demonio disfrazados, y que, como castigo, "dentro de un año de tu muerte, vendrán demonios por toda esta tierra con fuego y espada, y la devastación de la guerra". Cuando Eduardo preguntó cuándo terminaría ese castigo, los monjes respondieron con una imagen extraña: solo cuando "un árbol verde, cortado por la mitad de su tronco y trasladado tres estadios de su tocón, vuelva a unirse a él por sí solo, sin mano de hombre, y vuelva a dar hojas y fruto".

El rey Eduardo el Confesor, en su lecho de muerte, relata una visión profética a los nobles y monjes reunidos a su alrededor, con dos figuras monacales espectrales visibles en una esquina, en estilo de miniatura de manuscrito iluminado inglés

La profecía del árbol verde, en el lecho de muerte de Eduardo.

Quienes escucharon aquello se quedaron aterrados. Y la historia, vista con perspectiva, parece darles la razón de una forma escalofriante: la conquista normanda de Guillermo, con toda su devastación de fuego y espada, llegó apenas diez meses después de morir Eduardo —dentro del plazo exacto que la visión había anunciado—. Los cronistas medievales, siglos más tarde, interpretarían el "árbol verde" vuelto a unir como un símbolo de la futura reconciliación entre las dos líneas de sangre enfrentadas, la sajona y la normanda, que con el tiempo terminarían mezclándose en reyes ingleses posteriores.

Eduardo es, además, el único rey inglés canonizado por la Iglesia católica. Cuando se abrió su tumba en 1161 para confirmar su santidad, su cuerpo se encontró incorrupto —es decir, sin descomponer, casi cien años después de morir—. Aparece representado también en el Tapiz de Bayeux, el bordado narrativo más famoso de toda la Edad Media, en la escena de su propio funeral. Y aunque hoy se asocia a Inglaterra sobre todo con san Jorge, durante los primeros trescientos años tras su muerte fue precisamente Eduardo el santo patrono oficial del país, hasta que fue sustituido a mediados del siglo XIV.

Reliquias y arqueología

La fiesta de Eduardo, el 13 de octubre, no conmemora el día de su muerte (que fue el 5 de enero de 1066), sino la traslación de sus reliquias —es decir, el traslado solemne de su cuerpo a un lugar de honor—. El primer traslado ocurrió en 1163, presidido por el propio santo Tomás Becket, entonces arzobispo de Canterbury; el segundo y definitivo, en 1269, bajo el rey Enrique III, hasta el altar donde permanece hoy. Ese lugar es la Abadía de Westminster, en Londres, la misma iglesia que el propio Eduardo mandó construir y que llegó a ver consagrada apenas unos días antes de morir.

El anciano rey Eduardo el Confesor asiste, ya muy débil, a la ceremonia de consagración de la Abadía de Westminster, oficiada por varios obispos, en estilo de miniatura de manuscrito iluminado inglés

La consagración de la Abadía de Westminster, días antes de su muerte.

Desde entonces, la Abadía se ha convertido en el escenario de las coronaciones y los enterramientos de los monarcas británicos hasta la actualidad — un lugar real, visitable, con una conexión directa e ininterrumpida de casi mil años con el santo que le dio origen.

Cómo reconocerlo en el arte

Se le representa como un rey anciano de barba blanca, con corona, cetro y vestiduras reales, a menudo entronizado con gesto sereno. Su atributo más distintivo es un anillo de oro bien visible, en alusión al episodio con el mendigo-san Juan; en algunas representaciones aparece también en el propio gesto de entregar limosna, escena que resume su fama de generosidad y piedad.

Patronazgo

Patrono de los matrimonios difíciles y de las personas separadas, en referencia a la naturaleza compleja —política primero, casta después— de su propio matrimonio con Edith.

Oración

San Eduardo el Confesor, tú que gobernaste sin poder resolver del todo el futuro de tu propio reino, y aun así no dejaste de repartir generosidad y justicia mientras te fue posible, ayúdanos a aceptar que no todo depende de nuestras manos, y a hacer el bien igualmente, sin esperar a tener controlado el mañana. Amén.

Fuentes consultadas: ACI Prensa, Vatican State (sitio oficial), World History Encyclopedia, Aelredo de Rievaulx (Vita Ædwardi Regis, fuente medieval), prensa generalista de calidad.

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