La época
Finales del siglo III y todo el siglo IV. Es la época en que nace la vida monástica cristiana: San Antonio Abad se ha retirado al desierto egipcio y, poco a poco, atrae discípulos que buscan imitar su ejemplo de soledad, oración y renuncia. Gaza, donde transcurre esta historia, es entonces una ciudad próspera de la provincia romana de Siria-Palestina, con una comunidad cristiana ya consolidada —de hecho, llegaría a ser conocida como "la Atenas de Asia" por su vida cultural—, aunque el cristianismo convive todavía con templos y costumbres paganas muy arraigadas en el campo de alrededor.
La historia
Nace hacia el año 291 en Tabatha, una aldea al sur de Gaza, en el seno de una familia pagana acomodada. Lo envían a estudiar a Alejandría, el gran centro cultural del Mediterráneo oriental, donde conoce a la comunidad cristiana de la ciudad y se convierte y bautiza con solo 15 años. Al oír hablar del ya célebre ermitaño Antonio Abad, viaja hasta el desierto egipcio para conocerlo, y pasa dos meses observando de cerca su forma de vida.
Hilarión aprende durante dos meses junto a San Antonio Abad.
De vuelta a casa, ya huérfano y dueño de una buena herencia, la reparte entera entre los pobres y se retira, también con apenas 15 años, a una choza en el desierto de Majuma, cerca de Gaza —una zona entonces conocida por sus bandidos violentos—. Vive una existencia extrema: pasa a la historia como "el santo del ayuno perpetuo", alimentándose durante años de muy poco —lentejas remojadas en agua fría, pan seco—, mientras reparte el tiempo entre la oración, el canto de salmos y el trabajo de la tierra con la azada, para que el cansancio físico redoblara el del ayuno.
La vida eremítica de Hilarión en el desierto de Majuma.
Con el tiempo, su fama crece tanto que, en sus propias palabras recogidas por San Jerónimo, "toda Palestina tenía los ojos puestos en él". La gente acude en masa a pedirle oraciones, viéndolo como sucesor de Antonio. Incómodo con esa fama, decide huir de ella: pasa por Egipto, Sicilia y Dalmacia, y termina sus días como ermitaño en la isla de Chipre, donde muere a los 80 años. Su discípulo fiel, Hesiquio, que lo había buscado durante años por todo Oriente, recupera después su cuerpo y lo devuelve en secreto a Palestina.
La fama de Hilarión atrae a multitudes que buscan sus oraciones.
Milagros
Se le atribuyen numerosos prodigios durante su vida en Majuma: ayudó a un auriga (conductor de carros) de la ciudad llamado Itálico a ganar una carrera bendiciendo el agua con la que abrevaba a sus caballos, derrotando así al equipo patrocinado por el propio gobernador local. Se cuenta también que, durante un terremoto que amenazaba con provocar que el mar se tragara la costa, calmó las aguas con la señal de la cruz.
Filosofía y forma de vida
A Hilarión se le considera el fundador de la vida monástica en Palestina y Siria, trasplantando a esta región el modelo que había aprendido de Antonio en Egipto. Su biografía, escrita por San Jerónimo en el año 391 a partir de testimonios de quienes lo conocieron en persona, se convirtió en una de las tres grandes "vidas" fundacionales del monacato cristiano antiguo, junto a las de Antonio Abad y Pablo Ermitaño — y contribuyó a difundir por todo el Mediterráneo el ideal de la vida solitaria dedicada por completo a Dios.
Reliquias y arqueología
El monasterio que Hilarión fundó hacia el año 340 cerca de Gaza —hoy conocido como el yacimiento de Tell Umm Amer— fue la primera comunidad monástica de toda Tierra Santa, con dos iglesias, una sala de bautismos, un cementerio y varias dependencias más. Es uno de los conjuntos arqueológicos cristianos más antiguos e importantes de Oriente Próximo, y en 2024 la UNESCO lo declaró oficialmente Patrimonio de la Humanidad.
Cómo reconocerlo en el arte
Se le representa como un anciano extremadamente delgado y curtido por el sol, con una túnica hecha de pieles de animal —como las que, según la tradición, le regaló el propio Antonio Abad—, descalzo, apoyado en un bastón sencillo de madera.
Patronazgo
Patrono de los ermitaños y de la vida eremítica.
Oración
San Hilarión, tú que huiste toda tu vida de la fama que tu propia bondad te traía, enséñanos a hacer el bien sin buscar que se nos reconozca por ello, y a encontrar en la sencillez y el silencio el espacio donde Dios realmente se deja encontrar. Amén.
DIES SANCTI