La época
Alemania medieval, valle del Rin, siglo XII. Un tiempo de gran efervescencia intelectual —las escuelas de Chartres y San Víctor marcan el pensamiento de la época— y de tensión constante entre el Papado y el Sacro Imperio Romano Germánico.
La historia
Hildegarda nace en 1098, la décima hija de una familia noble alemana, "entregada a Dios" como diezmo desde su nacimiento. A los ocho años queda al cuidado de la condesa Jutta de Spanheim, enclaustrada en el monasterio de Disibodenberg, que la instruye en latín, en la Escritura y en canto gregoriano — la semilla de lo que sería, durante toda su vida, una de sus grandes pasiones: la música.
Desde niña tiene visiones que mantiene en secreto durante décadas. Ella misma las describirá después: "una luz tal que mi alma tembló". A la muerte de Jutta en 1136, es elegida abadesa. En 1141, a los 42 años, recibe lo que interpreta como un mandato divino: escribir todo lo que ve. Insegura sobre si sus visiones vienen de Dios, escribe a San Bernardo de Claraval —el hombre más respetado espiritualmente de toda Europa en ese momento—, que la anima a seguir; el propio Papa Eugenio III confirma la autenticidad de sus visiones en un sínodo.
Termina su primera gran obra, el Scivias, y se convierte en una de las voces más escuchadas de su tiempo: emprende cuatro giras de predicación pública —algo insólito para una mujer en el siglo XII— y mantiene correspondencia con papas, obispos y el propio emperador Federico Barbarroja, a quien no duda en reprender por escrito por los vicios del poder. En estos años desarrolla también un concepto teológico propio, la viriditas ("verdor"): la fuerza vital que Dios pone en toda la creación, y que se pierde cuando el pecado seca esa lozanía original.
Sus dos últimas grandes obras llevan sus visiones a un terreno todavía más intenso. En el Liber Vitae Meritorum ("Libro de los méritos de la vida", 1158-1163), describe una de las primeras representaciones del purgatorio en toda la historia del cristianismo: 35 vicios distintos, cada uno personificado como una figura híbrida entre humano y bestia, que primero defiende su propio pecado con argumentos retorcidos y después es refutado por la Virtud opuesta. Uno de los más vívidos es el ligado a la Avaricia: rostro con boca como de escorpión, ojos deformados, manos con garras largas — "esclavos de la avaricia", escribe Hildegarda, condenados a "recompensas de bestias en las tinieblas más terribles".
La Avaricia, una de las 35 figuras del purgatorio descritas en el Liber Vitae Meritorum.
En su último y más ambicioso libro, el Liber Divinorum Operum (1163-1174), incluye además visiones apocalípticas centradas en el Anticristo y el fin de los tiempos — descritas por ella misma, no leyendas añadidas después.
La visión del Anticristo, en su última gran obra visionaria.
El episodio final de su vida llega con ella ya cerca de los 80 años. Permite enterrar en el cementerio de su convento a un noble que, aunque había estado excomulgado, se había reconciliado con la Iglesia antes de morir. Las autoridades de Maguncia, sin creerla, exigen que exhume el cadáver. Hildegarda se niega: traza una cruz con su bastón de abadesa sobre la tumba y borra cualquier rastro para que nadie pueda encontrarla.
Hildegarda desafía a la jerarquía eclesiástica trazando una cruz sobre la tumba.
Como castigo, le imponen un interdicto: prohibido cantar, celebrar misa, tocar campanas en todo el monasterio. Para la mujer que había dedicado su vida entera a la música litúrgica, es el golpe más doloroso posible.
El silencio impuesto al monasterio: ni canto, ni misa, ni campanas.
Hildegarda responde con una carta magistral defendiendo la teología del canto, y consigue que el arzobispo, finalmente, le dé la razón y levante el castigo en marzo de 1179. Muere pocos meses después, el 17 de septiembre de 1179. Las crónicas hagiográficas cuentan que, en el momento de su muerte, aparecieron dos arcos de luz de colores distintos formando una cruz en el cielo.
Curiosidades
Inventó su propia lengua artificial, la Lingua ignota ("lengua desconocida"), con más de 1.000 palabras propias y un alfabeto — quizás la primera lengua artificial documentada de la historia. Y un detalle muy suyo, poco conocido: a diferencia de la austeridad habitual en los conventos, vestía a sus monjas con hábitos verdes (coherente con su propia idea de la viriditas), les dejaba llevar el pelo largo, y permitía perlas y flores en los días de fiesta.
En su tratado de medicina natural, la Physica, describe además el uso del lúpulo como conservante de la cerveza — siglos antes de que esa técnica se generalizara en toda Europa.
Reliquias y devoción popular
Sus reliquias se conservan hoy en la parroquia de Eibingen — incluyendo, de forma casi poética, su corazón y su lengua, momificados de forma natural: los mismos órganos con los que compuso y cantó su música durante toda la vida.
Cómo reconocerla en el arte
Se la representa habitualmente escribiendo bajo un haz de luz divina que desciende sobre su cabeza —tal como se ve en el retrato de esta ficha—, a menudo con su secretario Volmar al lado tomando nota. El estilo de miniatura de manuscrito iluminado, con fondo dorado y decoración geométrica, es el que mejor encaja con su época (siglo XII, norma de estilos VII-XIII) — de hecho, es muy similar al estilo real del propio códice iluminado del Scivias, supervisado por ella misma en su tiempo.
Folclore y actualidad
Su música medieval se sigue grabando e interpretando hoy por orquestas especializadas de todo el mundo, ochocientos años después de haberla compuesto. En Alemania existe además un movimiento activo de "medicina hildegardiana", inspirado directamente en sus tratados de botánica y curación natural.
Patronazgo
Doctora de la Iglesia, declarada por Benedicto XVI en 2012. Asociada popularmente a la música sacra y a la medicina natural.
Oración
Santa Hildegarda, tú que viste en toda la creación el verdor de la vida de Dios, ayúdanos a no dejar que el pecado seque esa lozanía en nuestra propia alma. Danos tu misma valentía para defender lo que sabemos verdadero, aunque sea ante quienes tienen autoridad sobre nosotros, y tu misma fidelidad al canto, para que nuestra vida entera sea, como la tuya, una alabanza continua. Amén.
DIES SANCTI