La época
Tierra Santa, últimos años del siglo XII. Tras la derrota cristiana ante Saladino y la pérdida de Jerusalén en 1187, el papa Clemente III convoca la Tercera Cruzada, en la que participan monarcas como Ricardo Corazón de León de Inglaterra y Felipe Augusto de Francia. El episodio central de esa campaña es el largo asedio de la ciudad de Acre, que se prolonga cerca de dos años hasta la rendición de la guarnición musulmana en julio de 1191. La cruzada termina con una tregua de tres años que deja en manos cristianas la costa de Palestina entre Jaffa y Tiro, y permite a los Caballeros de San Juan seguir manteniendo sus hospitales para atender a los peregrinos en Tierra Santa. En este contexto militar, real y sangriento entre potencias cristianas europeas y el mundo musulmán, opera la Orden de San Juan de Jerusalén —los Hospitalarios, antecesores de la actual Orden de Malta—, fundada medio siglo antes con un doble objetivo recogido en su lema en latín: tuitio fidei et obsequium pauperum, "defensa de la fe y servicio a los pobres".
La historia
Hugo Canefri nace en Castellazzo Bormida, cerca de Alessandria (norte de Italia), en el seno de una familia noble y de gran peso social —hay discrepancia entre las fuentes sobre el año exacto, entre 1148 y 1168—. Siendo apenas un joven de unos veinte años, se embarca desde Génova para combatir en la Tercera Cruzada junto al marqués Conrado de Monferrato y Guala Bicchieri, cónsul de Vercelli. No hay constancia documentada de que participara en ningún enfrentamiento armado concreto, y conviene decirlo con honestidad: varias fuentes reconocen abiertamente que no se sabe si el joven Hugo llegó a tomar parte en algún hecho de armas específico.
Lo que sí queda bien establecido es el desenlace de aquella experiencia. Al ver de cerca los horrores de la guerra —campamentos destruidos, la devastación que deja tras de sí un conflicto de aquella escala—, Hugo regresa a Génova transformado, con la decisión tomada de no volver a tomar las armas nunca más.
El regreso de la guerra que cambió el rumbo de su vida.
Ingresa entonces en la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. El gesto con el que sella esa decisión es de una fuerza simbólica notable, y aparece recogido en el santoral oficial francés (Nominis): vende su propia armadura de caballero para comprar ropa destinada a las enfermeras del hospital en el que va a pasar el resto de su vida. Es asignado como capellán de la Encomienda del hospital de San Giovanni di Pré, en Génova, un centro dedicado a atender a enfermos pobres, peregrinos y caballeros heridos que iban y venían de Tierra Santa. Allí permanece más de cincuenta años, sin volver jamás a la vida de armas. Un dato curioso: pese a ejercer funciones propias de un clérigo, Hugo nunca llegó a ser ordenado sacerdote.
Hugo cambia su armadura por ropa para las enfermeras del hospital.
Forma de vida
La Orden de San Juan distinguía varios tipos de miembros: los caballeros con voto formal se dedicaban a las tareas de enfermería, mientras que los capellanes —como Hugo— se ocupaban de la atención espiritual de enfermos y hermanos. Todos vestían el hábito negro con una cruz blanca de ocho puntas bordada en el pecho, en alusión a las ocho bienaventuranzas del Evangelio —el mismo diseño que, con el tiempo, evolucionaría hasta convertirse en la conocida cruz de Malta.
Hugo llevó esa entrega hasta el extremo en su vida diaria: dormía sobre una simple tabla de madera, en un rincón del sótano del hospital, y se sometía a ayunos severos. Se dedicaba personalmente a los enfermos más pobres, dándoles consuelo humano y espiritual, lavándoles los pies, y cuando morían, dándoles sepultura con sus propias manos. No fue tanto su austeridad lo que más impresionó a quienes lo conocieron, sino su amabilidad hacia cualquier persona, su modestia, y una fe descrita por sus contemporáneos como capaz de mover montañas.
Curiosidades
Pese a la vida de pobreza radical que eligió, Hugo venía de una familia de altísimo nivel: su madre, Valentina di Fieschi, era hermana de Sinibaldo di Fieschi, que años más tarde se convertiría en el papa Inocencio IV. Es decir, Hugo era sobrino de un futuro Papa. Su abuelo paterno, además, había hecho importantes donativos a la iglesia de Sant'Andrea di Gamondio, y entre los suyos hubo condes, reyes y fundadores de instituciones religiosas.
Los datos biográficos más fiables sobre Hugo no proceden de leyendas tardías, sino del propio arzobispo de Génova, Ottone Ghilini, paisano y contemporáneo suyo. Fue el papa Gregorio IX quien instruyó personalmente el proceso canónico de Hugo, dejando por escrito una síntesis de su vida virtuosa y sus milagros —una base documental notablemente más sólida que la de muchos santos medievales.
Milagros
El más narrado de sus milagros tiene un matiz humano poco habitual en este tipo de relatos. Un día de calor extremo, se rompió el suministro de agua del hospital, y las lavanderas encargadas de lavar la ropa de los enfermos, agotadas por tener que ir a buscarla lejos, se quejaron a Hugo. Él les respondió que rezaran ellas mismas. Pero las mujeres, con poca fe y ya cansadas, no se conformaron: le exigieron que fuera él personalmente quien obtuviera el milagro. A Hugo no le agradó la exigencia —así lo recoge explícitamente la tradición—, pero por caridad hacia ellas accedió: se arrodilló, oró, trazó la señal de la cruz sobre una roca cercana, y de ella brotó agua en abundancia.
El milagro del agua de la roca, en el hospital de Génova.
Se le atribuyen otros dos prodigios: convertir el agua en vino durante un banquete, al modo de las Bodas de Caná, y salvar mediante su oración a la tripulación de una nave que estaba a punto de naufragar frente a Génova. Además, hay testimonios de fenómenos místicos y éxtasis que se producían mientras oraba o asistía a misa, presenciados no por gente anónima, sino por el propio arzobispo de Génova, Otto Fusco, y varios canónigos de la ciudad.
Reliquias y arqueología
Los restos de Hugo se conservan hoy en la iglesia de San Giovanni di Pré, en Génova, muy cerca del puerto, construida sobre el hospital donde vivió y murió. Todavía más sorprendente: la propia fuente del milagro del agua sigue existiendo hoy, y continúa siendo destino de peregrinación para quienes conocen la historia. Dentro de la misma iglesia se conserva además un lienzo del siglo XVII, Miracolo della fonte, obra de Giovanni Andrea de Ferrari (1598-1669), que representa precisamente ese momento.
Cómo reconocerlo en el arte
Se le representa como religioso de mediana edad, vistiendo el hábito negro de la Orden de San Juan de Jerusalén con la característica cruz blanca de ocho puntas bordada en el pecho. Su atributo más distintivo es una roca de la que brota agua, o una jarra en la mano, en alusión al milagro de las lavanderas — a veces también se le muestra convirtiendo agua en vino o intercediendo por un barco en peligro.
Folclore y actualidad
Hugo sigue siendo venerado especialmente en Alessandria y Génova, sus tierras de origen y de vida, y dentro de la propia Orden de Malta, que hoy continúa activa en todo el mundo como organización humanitaria y sigue reconociéndolo como uno de sus santos más queridos.
Patronazgo
No consta un patronazgo institucional formalmente declarado; es, sencillamente, uno de los santos más venerados dentro de la Orden de Malta y en las ciudades de Génova y Alessandria.
Oración
San Hugo de Génova, tú que cambiaste la armadura de la guerra por el cuidado de los más pobres, y encontraste en un sótano y una tabla de madera más paz que la que nunca diste por hallar en el campo de batalla, ayúdanos a reconocer cuándo es momento de deponer nuestras propias armas —el orgullo, la comodidad, el miedo a servir— para entregarnos de verdad a quien nos necesita. Amén.
DIES SANCTI