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San Juan Crisóstomo

13 de septiembre

San Juan Crisóstomo

En el arte: obispo bizantino con el Evangelio en las manos, apodado "Boca de Oro" por su elocuencia

En el arteObispo bizantino con el Evangelio en las manos, apodado "Boca de Oro" por su elocuencia

La época

Antioquía y Constantinopla, siglo IV, en el Imperio Romano de Oriente. Es el tiempo de los grandes Padres de la Iglesia, cuando Constantinopla —capital fundada apenas medio siglo antes— se ha convertido en el centro de la teología oficial, de las intrigas de palacio y de las rivalidades entre las grandes sedes episcopales de Oriente.

La historia

Juan nace en Antioquía hacia el año 347. Su padre, alto oficial del ejército romano, muere poco después; su madre Antusa, viuda con apenas veinte años, se entrega por completo a la educación de su hijo y le pone en manos del mejor maestro posible: el retórico Libanio, el orador pagano más célebre de su tiempo. Libanio queda tan admirado con la elocuencia de su alumno que le augura un gran futuro como estadista.

Pero Juan elige otro camino. Se retira como ermitaño a las montañas cercanas a Antioquía, donde se somete a un ascetismo tan extremo —ayunos y vigilias incluso en pleno invierno— que termina arruinando su salud y se ve obligado a regresar a la ciudad. Ordenado sacerdote en el año 386, pasa los siguientes doce años predicando en Antioquía, y su fama de orador crece tanto que el pueblo empieza a llamarle "Boca de Oro".

En el año 398 le nombran, casi contra su voluntad, patriarca de Constantinopla: hace falta una escolta militar para poder sacarlo de Antioquía sin que estalle un motín entre sus fieles, que no quieren dejarlo marchar. Ya en la capital, emprende una reforma durísima contra el lujo del clero y de la corte, se niega a ofrecer las recepciones suntuosas que se esperan de su cargo, e insiste sin descanso en que los ricos compartan su riqueza con los pobres —de ahí que también le apoden "el limosnero".

San Juan Crisóstomo predicando desde un púlpito de mármol a una multitud, mosaico bizantino dorado

Juan predicando en Constantinopla. Se conservan más de 800 de sus sermones.

Ese mismo celo reformista le granjea enemigos poderosos, empezando por la emperatriz Eudoxia, a quien critica abiertamente por sus extravagancias. En el año 403 consiguen deponerlo y desterrarlo por primera vez. Pero esa misma noche, un terremoto sacude el palacio imperial: Eudoxia, aterrada y convencida de que es un castigo divino, ordena que le hagan volver de inmediato.

San Juan Crisóstomo escoltado por soldados romanos hacia su destierro, con Constantinopla al fondo, mosaico bizantino

Camino de su segundo y definitivo destierro, del que ya no regresaría con vida.

La paz dura poco. Meses después, un nuevo conflicto —esta vez por una estatua de plata que la emperatriz se ha hecho erigir frente a la catedral— le cuesta un segundo destierro, definitivo, cada vez más lejos de Constantinopla. Exhausto tras caminar bajo un sol abrasador, se detiene a descansar y sueña que se le aparece un obispo mártir ya fallecido, San Basilisco, que le dice: "Ánimo, Juan, mañana estaremos juntos". Al día siguiente, Juan pide que le administren los últimos sacramentos, se viste con sus ornamentos de arzobispo, y muere pronunciando sus últimas palabras: "Gloria a Dios por todo". Es el 14 de septiembre del año 407.

Curiosidades

De San Juan Crisóstomo se conservan más de 800 sermones, la herencia literaria más extensa que dejó ningún Padre de la Iglesia. Y no es un legado que se quedara solo en los libros: la "Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo" es, todavía hoy, la misa que se celebra a diario en las iglesias ortodoxas de todo el mundo —sus palabras siguen pronunciándose en voz alta, mil seiscientos años después de que él mismo las escribiera.

Existe además una hermosa tradición medieval sobre el origen de su sabiduría como intérprete de la Biblia: se cuenta que, mientras Juan escribía sus comentarios a las cartas del apóstol Pablo, tuvo una visión en la que el propio Pablo se le aparecía, susurrándole al oído el verdadero sentido de sus propias palabras. Es, de hecho, uno de los motivos que más se repiten en la iconografía bizantina posterior de este santo.

Reliquias y devoción popular

Sus restos fueron trasladados a Constantinopla en el año 438, en medio de peregrinaciones masivas de fieles que llevaban años reclamando justicia para su memoria. En el siglo XIII, los cruzados que saquearon la ciudad se llevaron sus reliquias a Roma. Hoy están repartidas entre la basílica de San Pedro, en Roma, y la catedral patriarcal de Estambul —un reparto que, sin buscarlo, resume bien la doble pertenencia de Juan Crisóstomo a las tradiciones católica y ortodoxa.

Cómo reconocerlo en el arte

Se le representa como obispo griego, con las vestiduras litúrgicas orientales características —el omóforo con cruces sobre los hombros— y un Evangelio ricamente decorado entre las manos, en gesto de bendición. El estilo bizantino, plano y dorado, propio del icono paleocristiano/bizantino (siglos I-VI), es el que mejor encaja con su época. Un motivo iconográfico recurrente, ligado a la leyenda de su inspiración al comentar las epístolas paulinas, es representarlo junto al apóstol Pablo, susurrándole al oído.

San Juan Crisóstomo escribiendo mientras el apóstol Pablo le susurra al oído, mosaico bizantino

La leyenda de la inspiración: Pablo susurrándole el verdadero sentido de sus propias cartas.

Folclore y actualidad

San Juan Crisóstomo es una de esas raras figuras que unen, en lugar de separar: venerado como uno de los grandes Padres de la Iglesia tanto en la tradición católica como en la ortodoxa, que lo cuenta entre sus "Tres Santos Jerarcas" junto a San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno. También lo conmemoran las iglesias anglicana y luterana. Pocos santos logran un consenso tan amplio entre tradiciones cristianas que en tantas otras cosas han seguido caminos distintos.

Patronazgo

Patrono de los predicadores, título que le otorgó formalmente el papa San Pío X. Declarado Doctor de la Iglesia por San Pío V en 1568.

Oración

San Juan Crisóstomo, tú que hablaste sin miedo a los poderosos y consolaste sin descanso a los pobres, enséñanos a usar las palabras con la misma valentía y la misma caridad con que tú las empleaste. Que sepamos, como tú en tu último aliento, dar gloria a Dios por todo lo que la vida nos entrega, también en los momentos de destierro y de pérdida. Amén.

Fuentes consultadas: ACI Prensa, EWTN, Dominicos, Alfa y Omega, Omnes, InfoVaticana, Rialp (Gran Enciclopedia Rialp).

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