La época
Siglo XX marcado por dos guerras mundiales y, después, por la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Juan XXIII llega al papado en 1958, en plena carrera de armamento nuclear entre ambos bloques. Su pontificado, breve pero decisivo, coincide con el momento de mayor peligro de toda la Guerra Fría: la Crisis de los Misiles de Cuba, en octubre de 1962, cuando el mundo estuvo más cerca que nunca de un enfrentamiento nuclear directo entre las dos superpotencias.
La historia
Nace Angelo Giuseppe Roncalli en 1881, en Sotto il Monte (Lombardía), cuarto de trece hermanos de una familia campesina muy humilde. Tras su ordenación sacerdotal, dedica buena parte de su vida a la carrera diplomática vaticana: visitador y delegado apostólico en Bulgaria, después en Turquía y Grecia durante la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial, y finalmente nuncio en Francia.
Es precisamente durante la guerra cuando protagoniza los episodios más importantes de esta etapa de su vida. Ya desde 1941, sin que el Vaticano se lo pidiera, negoció con el gobierno turco el envío de alimentos a la población judía y griega que pasaba hambre en Grecia, víctima de una escasez provocada por el bloqueo británico y las confiscaciones alemanas. Dos acciones suyas están hoy acreditadas sin discusión: facilitó el paso de un barco que llevaba a casi 800 judíos desde Rumanía hasta Palestina, y escribió una carta —hoy conservada— al rey de Bulgaria intercediendo por los judíos del país.
El episodio más conocido de todos, sin embargo, admite un matiz honesto. Cuenta la tradición que en 1944, tras la ocupación alemana de Hungría, Roncalli se reunió en Estambul con Ira Hirschmann, delegado del organismo estadounidense de rescate de refugiados, y le preguntó a media voz: "¿Usted cree que los judíos estarían dispuestos a someterse voluntariamente a ceremonias de bautismo?". Ante la respuesta afirmativa de Hirschmann, habría puesto en marcha la llamada "Operación Bautismo": certificados de haber recibido el sacramento —muchos falsificados, y sin obligación real de practicar después el catolicismo— que permitieron a judíos húngaros escapar de la deportación, distribuidos a través de las Hermanas de Nuestra Señora de Sión y del nuncio papal en Budapest. Es una historia ampliamente repetida y que llegó a citarse ante los tribunales de Nüremberg. Pero conviene decirlo: tras la publicación de archivos vaticanos posteriores, historiadores como Mordechai Paldiel —que dirigió el departamento de "Justos entre las Naciones" del propio Yad Vashem— señalan que este episodio concreto no ha podido confirmarse del todo, y lo describen como un informe no confirmado. El personaje real de Roncalli en aquellos años fue, en cualquier caso, el de un diplomático dispuesto a intervenir por los perseguidos allí donde pudo hacerlo con certeza.
Los certificados que salvaron miles de vidas durante la guerra.
En 1958, tras la muerte de Pío XII, el cónclave —51 cardenales, cuatro días, once votaciones— elige como nuevo papa a Roncalli, entonces patriarca de Venecia, con 77 años. La elección responde a una lógica muy concreta: se busca un "papa de transición", de edad avanzada, que no dure mucho mientras la Iglesia decide su rumbo con calma. Al aceptar, elige llamarse Juan XXIII — un nombre que nadie había vuelto a usar en más de 500 años, desde que el único "Juan XXIII" anterior resultó ser un antipapa del Cisma de Occidente, depuesto en 1415. Roncalli explicó su elección por el cariño a su padre (Giovanni Battista) y a la parroquia de su bautismo, dedicada a los dos santos Juan — pero el gesto de recuperar un número tan incómodo para la Iglesia no pasó desapercibido. El "papa de transición" acabaría convocando, apenas tres meses después de su elección, el Concilio Vaticano II: el mayor acontecimiento eclesial del siglo XX.
Forma de vida
Desde joven, en el seminario de Bérgamo, Juan XXIII llevaba un diario personal que mantuvo, casi sin interrupción, durante 67 años: empezó a escribirlo a los 14 años y solo lo dejó meses antes de morir, con 81. Publicado después como Diario del alma, es un testimonio ininterrumpido de examen espiritual, autocrítica constante y propósitos de mejora personal —incluidos, según sus propias páginas, algunos sobre su afición a la buena mesa—.
Como papa, entendía su misión con una imagen que repitió a menudo: había que "abrir las ventanas" de la Iglesia para que entrara aire fresco. En el discurso de apertura del Concilio Vaticano II pidió a los presentes que se apartaran de "los profetas de desventura que anuncian siempre lo peor, como si fuera el fin del mundo" — un llamado al optimismo pastoral que marcó todo su pontificado.
Milagros
El milagro reconocido para su beatificación tiene un detalle que se le queda a cualquiera: en 1966, la religiosa napolitana Caterina Capitani agonizaba por una perforación gástrica con peritonitis aguda. Sus compañeras de convento le colocaron sobre el estómago una estampa de Juan XXIII, ya fallecido tres años antes. A los pocos minutos, la hermana se recuperó por completo y pidió de comer; los médicos confirmaron después, por radiografía, que no quedaba ni rastro de la fístula. La ironía no pasó desapercibida entonces ni ahora: fue precisamente un cáncer de estómago lo que había matado al propio Papa.
Para su canonización en 2014, el papa Francisco decidió algo inusual: prescindir del segundo milagro que normalmente exige el proceso. El historiador Andrea Riccardi lo resumió así: "No necesitó un segundo milagro porque su milagro fue el Concilio Vaticano II".
Curiosidades
La noche del 11 de octubre de 1962 —la misma fecha exacta en la que hoy se celebra su fiesta— se inauguraba el Concilio Vaticano II. Sin tenerlo planeado, Juan XXIII salió a saludar a la multitud congregada en la plaza de San Pedro bajo una luna llena, e improvisó el célebre "Discurso de la Luna": "Volviendo a casa encontraréis a vuestros niños: hacedles una caricia y decidles que es la caricia del Papa".
La noche del Discurso de la Luna, 11 de octubre de 1962.
Era además fama de ser el papa más bromista de la historia: fumador de un paquete diario y buen comedor, mandó instalar una bolera dentro de los muros vaticanos. Cuando le preguntaron cuántas personas trabajaban en el Vaticano, respondió sin dudar: "Más o menos la mitad". Y explicaba entre risas su propia elección como papa: "Todo el mundo puede ser papa. La prueba es que me han hecho a mí".
Reliquias y arqueología
En 2001, al exhumar su cuerpo para trasladarlo desde las Grutas Vaticanas a un lugar más accesible para los peregrinos, se descubrió que estaba incorrupto, casi 38 años después de su muerte y sin haber sido embalsamado — un hallazgo que generó una enorme conmoción entre quienes presenciaron la apertura del ataúd. Hoy se expone en una urna de cristal bajo el altar de San Jerónimo, dentro de la propia Basílica de San Pedro del Vaticano, visitable por cualquier peregrino que se acerque a Roma.
Cómo reconocerlo en el arte
Se le representa como un pontífice de edad avanzada, complexión robusta y rostro redondeado, con las vestiduras papales blancas y la muceta roja de terciopelo. Su rasgo más distintivo frente a otros papas es la expresión: una sonrisa cálida y genuina, muy alejada de la solemnidad distante habitual en los retratos pontificios, que transmite cercanía y calidez humana.
Folclore y actualidad
El 25 de octubre de 1962, en el momento de mayor tensión de la Crisis de los Misiles de Cuba, Juan XXIII lanzó por Radio Vaticano un llamamiento directo a los gobernantes del mundo: "Suplicamos a todos los gobernantes que no permanezcan sordos a este grito de la Humanidad... que hagan cuanto esté de su parte para salvar la paz". Según el vaticanista Fausto Gasparroni, ese mensaje cambió la perspectiva de Kruschev, que decidió dar la vuelta a los barcos soviéticos que transportaban los misiles hacia Cuba — una intervención papal que ayudó a evitar, en el momento de mayor peligro nuclear de la historia, una guerra de consecuencias imprevisibles.
El mensaje de radio que ayudó a evitar una guerra nuclear.
Patronazgo
Por su propia trayectoria, es venerado especialmente como patrono de los delegados y nuncios apostólicos, y del propio Concilio Vaticano II que convocó.
Oración
San Juan XXIII, tú que llegaste al final de tu vida como quien no espera ya grandes cambios, y en cambio abriste las ventanas de par en par sin pedir permiso al miedo, ayúdanos a no dar nunca por cerrado lo que solo hace falta atrevernos a airear. Que sepamos también nosotros suplicar por la paz cuando todo parezca perdido, con la misma sencillez y la misma firmeza que tú. Amén.
DIES SANCTI