La época
Jerusalén, hacia el año 33 d.C., bajo dominio del Imperio Romano. Judea es una provincia ocupada, gobernada por un prefecto romano —Poncio Pilato— con el apoyo de guarniciones militares encargadas de mantener el orden, incluidas las ejecuciones públicas mediante crucifixión, el castigo reservado a esclavos y a quienes se rebelaban contra Roma. En ese contexto de ocupación militar tiene lugar la crucifixión de Jesús de Nazaret, presenciada, entre otros, por los soldados encargados de custodiar el lugar de la ejecución.
La historia
Empecemos por lo que de verdad dicen los Evangelios, porque conviene ser precisos antes de entrar en la leyenda. El Evangelio de Juan (19,34) cuenta que, tras la muerte de Jesús en la cruz, "uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua" — sin darle ningún nombre. Por otro lado, los Evangelios de Mateo y Marcos narran que un centurión (un oficial romano al mando de un centenar de soldados) que presenció la crucifixión, al ver los fenómenos que la acompañaron —oscuridad repentina, un terremoto—, exclamó: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Son dos personajes distintos y anónimos en el texto bíblico original.
Fue la tradición cristiana posterior, ya en la Edad Media, la que fusionó a ambos en una sola figura, dándole además un nombre: Longinos. Y aquí llega el primer dato realmente curioso: la palabra "Longinos" no es un nombre propio real de la época, sino que viene directamente del término griego longche (λόγχη), que significa "lanza". Es decir, a este personaje se le terminó llamando, literalmente, "El de la Lanza" o "El Lancero" — su nombre nació del propio objeto con el que se le identifica, no al revés.
La versión más completa de su historia aparece recogida en la Leyenda Dorada, una recopilación medieval de vidas de santos escrita por el beato Santiago de la Vorágine en el siglo XIII. Según este relato, Longinos padecía un problema serio de vista —casi ciego— y, al clavar la lanza en el costado de Jesús, le salpicaron gotas de la sangre y el agua que brotaron de la herida. Al instante, recuperó la visión por completo. Fue ese milagro, dice la leyenda, el que provocó su conversión inmediata al cristianismo.
A partir de ahí, Longinos abandona la carrera militar romana, recibe instrucción de los propios apóstoles, y se retira a vivir como monje en Cesarea de Capadocia (una región en la actual Turquía central), donde dedica el resto de su vida a predicar y ganar conversos para la nueva fe.
El milagro que devolvió la vista a Longinos.
Su final, sin embargo, no es tranquilo: es detenido por las autoridades locales, que le exigen ofrecer sacrificio a los dioses paganos. Al negarse, el gobernador ordena un castigo brutal: le rompen todos los dientes a golpes y le cortan la lengua. Pero —según la leyenda— Longinos, milagrosamente, no pierde la capacidad de hablar. Se hace entonces con un hacha, destroza los ídolos paganos del templo ante los presentes, y grita: "¡Ahora veremos si de verdad son dioses!". De los ídolos rotos, cuenta el relato, sale una horda de demonios que se apodera del propio gobernador y de sus ayudantes, que caen a los pies de Longinos aullando de espanto. Poco después, es decapitado, consumando su martirio.
Longinos destruye los ídolos paganos ante sus perseguidores.
Curiosidades: la lanza que atravesó la historia
Si la historia de Longinos ya es fascinante, la de su lanza lo es todavía más: pocos objetos han generado tanta leyenda, tanta guerra y tanta obsesión a lo largo de dos mil años.
El origen legendario: la tradición dice que fue santa Elena, madre del emperador Constantino, quien encontró la lanza en Jerusalén en el siglo IV, durante las mismas excavaciones en las que —según esa misma tradición— halló la Vera Cruz y los clavos de la crucifixión.
Los grandes conquistadores que la portaron, según la leyenda germánica: Constantino, Teodosio, Alarico (el mismo rey que saqueó Roma en el año 410), Carlos Martel (que frenó el avance musulmán en la batalla de Poitiers, 733) y, sobre todo, Carlomagno, que —cuenta la leyenda— la llevó consigo en 47 campañas militares, todas ellas victoriosas. Hasta que un día se le cayó por accidente en Aquisgrán. Ese mismo año, 814, murió.
El hallazgo más dramático de toda su historia: Antioquía, 1098. Durante la Primera Cruzada, el ejército cristiano que acababa de conquistar la ciudad de Antioquía (en la actual Turquía) se encontró de pronto sitiado desde fuera por un ejército musulmán mucho mayor, sin apenas comida ni esperanza. En ese momento de desesperación, un monje llamado Pedro Bartolomé aseguró tener visiones del apóstol san Andrés, que le revelaba dónde estaba enterrada la Lanza Sagrada: bajo el suelo de la catedral de la ciudad. Tras un día entero de excavación sin resultado, el propio Pedro bajó al agujero y sacó, triunfante, una punta de lanza oxidada. El hallazgo devolvió la moral a un ejército al borde del colapso: al día siguiente, 28 de junio de 1098, los cruzados salieron a una carga desesperada con la lanza al frente y derrotaron, contra todo pronóstico, al ejército musulmán que los rodeaba.
El hallazgo de la Lanza Sagrada en Antioquía, 1098.
Pero la historia de Pedro Bartolomé no termina bien. Acusado de fraude por buena parte del ejército, decidió someterse voluntariamente a una ordalía de fuego —una prueba medieval consistente en caminar entre dos muros de llamas, confiando en que Dios protegería a quien decía la verdad—. Sobrevivió al paso por el fuego, ante el asombro de todos, pero murió doce días después a causa de las gravísimas quemaduras sufridas.
La lanza como símbolo de poder imperial: durante siglos, la posesión de la lanza se asoció con el derecho divino a gobernar. Terminó integrada en las insignias imperiales de la casa de Habsburgo, custodiada en el Palacio de Hofburg, en Viena, donde permaneció durante generaciones como parte del tesoro del Sacro Imperio Romano Germánico.
El episodio nazi, con los hechos reales bien separados del mito: en marzo de 1938, tras la anexión de Austria a la Alemania nazi (el "Anschluss"), Adolf Hitler ordenó trasladar todo el tesoro imperial de los Habsburgo —incluida la lanza de Viena— hasta Núremberg, en un tren blindado escoltado por las SS. Según los historiadores serios, el motivo real de aquel traslado no fue ningún interés místico, sino puramente político: Hitler quería presentar su régimen como heredero legítimo del antiguo Sacro Imperio, y Núremberg tenía ese peso simbólico para el nazismo. Tras los bombardeos aliados de 1944, la lanza fue enterrada en una bóveda subterránea de la ciudad, hasta que el ejército estadounidense la recuperó en 1945, devolviéndola después a Austria. La popular historia de un joven Hitler hipnotizado durante horas frente a la vitrina de la lanza en su juventud vienesa —origen de la leyenda de su "obsesión mística"— proviene en realidad de un libro de 1973, sin ningún respaldo en diarios, discursos o escritos reales de la época; lo que sí es cierto es que Hitler admiraba profundamente las óperas de Wagner, entre ellas Parsifal, donde la Lanza Sagrada y el Santo Grial tienen un papel central — una fascinación artística que pudo confundirse después con una obsesión oculta por el objeto real.
Esa misma fiebre nazi por las reliquias cristianas tuvo, de hecho, un curioso capítulo español: en octubre de 1940, Heinrich Himmler, jefe de las SS, visitó en persona el monasterio de Montserrat (Barcelona), convencido de que aquel lugar era el legendario "Montsalvat" de la ópera Parsifal y que allí podría encontrarse el Santo Grial. Los monjes benedictinos le explicaron, con toda tranquilidad, que allí no había nada de eso; Himmler, además, se negó a besar a la Virgen de Montserrat cuando se lo propusieron, y regresó a Alemania al día siguiente con las manos vacías.
Cuatro lanzas, una sola leyenda: para el siglo XIX, nada menos que cuatro objetos distintos se disputaban ser la auténtica Lanza de Longinos: una en el Vaticano, otra en París (traída por el rey san Luis IX en el siglo XIII), la de Viena —considerada la de procedencia histórica más clara, por su vínculo directo con el hallazgo de Antioquía— y una réplica en Cracovia. Aparte de todas ellas, la ciudad de Echmiadzin, en Armenia, conserva su propio fragmento con una tradición completamente independiente.
Lo que dice la ciencia: en 2003, el metalúrgico británico Robert Feather obtuvo permiso para analizar en laboratorio la lanza de Viena, retirando con extremo cuidado las bandas de oro y plata que la recubren. El análisis situó la fabricación de la hoja de metal hacia los siglos VII-VIII — varios siglos después de la muerte de Cristo.
Reliquias y arqueología
Además de las lanzas, existe otra tradición de reliquias ligada directamente al propio Longinos, no solo a su arma. Según cuenta la Leyenda Dorada, el cuerpo del santo fue "descubierto" en Mantua (Italia) en 1303, junto con la llamada Santa Esponja, empapada en la sangre de Cristo —la misma que, según la tradición, Longinos habría acercado a los labios de Jesús en la cruz—. Aquel hallazgo impulsó tanto su culto que se construyó una capilla dedicada a "San Longino y la Preciosísima Sangre" en el monasterio benedictino de Sant'Andrea de Mantua, todavía visitable hoy. Con el tiempo, sus reliquias corporales se repartieron entre distintos lugares de Europa —incluida Praga—, mientras que su cuerpo terminó trasladado a la basílica de San Agustín, en Roma.
Cómo reconocerlo en el arte
Se le representa como un soldado romano, con armadura y en ocasiones montado a caballo, sosteniendo siempre una lanza como atributo principal e inconfundible. La obra más famosa dedicada a él es una estatua colosal esculpida por Gian Lorenzo Bernini, que sostiene una de las cuatro grandes columnas bajo la cúpula de la Basílica de San Pedro del Vaticano —situada, no por casualidad, justo encima del lugar donde se conserva uno de los fragmentos que se veneran como parte de la Lanza Sagrada.
Patronazgo
Patrono del personal militar, y —en un vínculo muy directo con su propia leyenda de curación— de los invidentes.
Oración
San Longinos, tú que cumpliste una orden militar sin sospechar que ese mismo gesto te abriría los ojos, literal y espiritualmente, ayúdanos a reconocer que Dios puede alcanzarnos incluso en mitad del cumplimiento más rutinario del deber. Que sepamos ver, como tú, más allá de lo que estamos mirando. Amén.
DIES SANCTI