Biografía y contexto
Máximo nació hacia el año 580 en Constantinopla, en una familia noble y piadosa. Recibió una educación esmerada en filosofía, gramática y retórica, y llegó a ser primer secretario y principal consejero del emperador Heraclio, que quedó impresionado por su inteligencia y su vida virtuosa.
Hacia el año 630, al percibir que el emperador y buena parte del clero de Oriente se inclinaban hacia una nueva herejía, renunció a su cargo en la corte y se retiró al monasterio de Crisópolis, donde recibió la tonsura monástica.
La herejía del monotelismo
La controversia giraba en torno a una pregunta muy concreta: ¿tuvo Cristo una sola voluntad (la divina) o dos voluntades, humana y divina a la vez? Los monotelistas, entre ellos algunos amigos cercanos de Máximo, sostenían que solo existía una voluntad divina en Cristo. Máximo defendió con firmeza que negar la voluntad humana de Cristo vaciaba de sentido la Encarnación: si Dios no había asumido plenamente la naturaleza humana, con su voluntad incluida, ¿cómo podría esa naturaleza humana ser salvada?
Consiguió que el monotelismo fuera condenado en un concilio en Roma en el año 649, con el apoyo del papa Martín I. Pero el poder imperial no se lo perdonó: el propio Martín I fue desterrado y murió de hambre en el exilio poco después, "el último papa que sufrió el martirio", según la tradición.
El juicio final
En el año 662, ya con más de ochenta años, Máximo compareció de nuevo ante un tribunal en Constantinopla junto a dos de sus discípulos, ambos llamados Anastasio. Se negó a firmar el decreto imperial que imponía el monotelismo, y polemizó con tal firmeza ante el sínodo que los tres fueron azotados sin piedad. La sentencia fue tan calculada como cruel: les cortaron la lengua, para que no pudieran predicar, y la mano derecha, para que no pudieran escribir en defensa de su fe — exhibiendo después los miembros amputados por los doce barrios de la ciudad.
Máximo sostiene su fe incluso mutilado — su discípulo, al fondo, deja constancia por escrito de lo ocurrido.
Desterrado a Lazica, en el actual territorio de Georgia, murió poco después a causa de las penalidades del viaje y el exilio, el 13 de agosto del año 662.
Veneración
Casi veinte años después de su muerte, el III Concilio de Constantinopla (680-681) le dio la razón por completo: declaró dogma de fe que en Cristo hay dos voluntades, humana y divina, condenando definitivamente el monotelismo. Está considerado Padre de la Iglesia y uno de los grandes teólogos y místicos del cristianismo, con festividad tanto en Oriente (21 de enero) como en Occidente (13 de agosto).
Curiosidad
Se le llama "Confesor" y no "mártir" por un matiz preciso: pese a la brutal mutilación, no murió durante la tortura misma. La Iglesia reserva ese título para quienes dan testimonio extremo de la fe sin llegar a morir en el acto del suplicio.
DIES SANCTI