La época
Corría la segunda mitad del siglo XIII en la Marca de Ancona, en la Italia central. La Orden de San Agustín, fundada apenas un siglo antes reuniendo a distintas comunidades de ermitaños bajo una sola regla, buscaba todavía consolidar su lugar entre las grandes familias religiosas medievales, junto a franciscanos y dominicos. En este contexto de expansión y de intensa vida espiritual urbana —predicación callejera, atención a hospitales, asilos y prisiones— nació y se formó quien sería, andando el tiempo, el primer santo canonizado de toda la Orden Agustiniana.
La historia
Nicolás nació hacia 1245 en San Ángelo, un pueblo cercano a Fermo, hijo de un matrimonio que llevaba años sin poder tener hijos. Según la tradición, sus padres peregrinaron al santuario de San Nicolás de Bari pidiendo esa gracia, prometiendo consagrar al niño que llegara al servicio de Dios — de ahí el nombre que recibiría. Desde muy pequeño mostró una inclinación religiosa fuera de lo común: ayunaba tres días por semana ya a los siete años, imitando la leyenda de su santo patrono, y pasaba horas enteras absorto en oración.
Ingresó en la Orden de San Agustín siendo apenas un adolescente y profesó sus votos perpetuos antes de cumplir los dieciocho años. Su régimen de vida, desde muy joven, fue de una austeridad extrema: ayunaba entre cuatro y cinco días a la semana a pan y agua, se disciplinaba de noche con una cadena de hierro, dormía sobre tablas desnudas o directamente en el suelo, usando una piedra como almohada. Un primo suyo, superior de un convento de vida menos austera, le propuso trasladarse allí, alegando que su delgadez extrema terminaría por arruinar su salud. Nicolás interpretó aquella propuesta —quizá con razón— como una tentación sutil del demonio para apartarlo del camino de entrega radical al que se sentía llamado, y la rechazó.
Fue precisamente en esos años de juventud cuando comenzaron los enfrentamientos más duros de toda su vida espiritual. El demonio, incapaz de doblegarlo con tentaciones ordinarias, recurrió según los testigos de la época a una violencia directa: le golpeaba con tal brutalidad que lo dejaba cubierto de heridas, tendido casi sin vida en el suelo del claustro, donde los demás frailes lo encontraban más de una vez. A consecuencia de aquellos golpes, Nicolás quedó cojo para el resto de su vida.
Los violentos ataques del demonio en su juventud, que le dejaron cojo para siempre — un capítulo de su vida poco conocido fuera de los círculos agustinos.
En 1275, con treinta años, fue enviado definitivamente a Tolentino, el pueblo que terminaría dando nombre a su advocación y donde pasaría los treinta años restantes de su vida. Allí desplegó un ministerio incansable: predicaba casi a diario por las calles, visitaba con regularidad el asilo de ancianos, el hospital y la prisión de la localidad, y pasaba largas horas sentado en el confesionario, atendiendo a cuantos se acercaran. Cuando obraba algún milagro —y ocurrieron muchos, tanto en vida como después de su muerte—, pedía siempre a los presentes que no dijeran nada, que dieran las gracias a Dios y no a él.
Curiosidades
Nicolás había hecho voto personal de no comer carne jamás. Durante una grave enfermedad, sin embargo, el médico insistió en que debía comerla como único remedio posible, y su propio prior, invocando la obediencia religiosa, se lo ordenó. Atrapado entre su voto y el mandato de su superior, Nicolás elevó el conflicto a Dios en oración. Le sirvieron entonces un ave asada —una perdiz, según la tradición más extendida—; Nicolás la bendijo, y el animal se levantó vivo de la bandeja, recuperó sus plumas y salió volando por la ventana. El episodio, documentado por varios testigos contemporáneos del proceso de canonización, se convirtió en su marca de identidad artística: hoy se le representa casi siempre con una perdiz posada en la mano.
El milagro de la perdiz resucitada — el episodio que se convertiría en su atributo artístico más reconocible.
Se le atribuye también una segunda marca visual muy característica: una estrella luminosa que, según la tradición, brillaba sobre su pecho o le precedía en sus caminatas nocturnas hacia la iglesia para orar — de ahí que se le conozca en algunos lugares como "el santo de la estrella".
Milagros
El proceso de canonización de Nicolás reunió más de trescientos milagros documentados, tanto obrados en vida como después de su muerte — una cifra excepcionalmente alta que explica por qué, pese a fallecer en 1305, su canonización no se completó hasta 1446: el propio volumen de testimonios que examinar ralentizó el proceso durante décadas.
El más célebre de todos ellos, y el que da origen a una tradición viva hasta hoy, ocurrió durante una grave enfermedad estomacal que fue empeorando sin remedio. Una noche se le apareció la Virgen María sosteniendo un trozo de pan en la mano, y le indicó que lo mojara en agua y se lo comiera, prometiéndole la curación por su obediencia. Nicolás lo hizo, y sanó al instante. En agradecimiento, comenzó a bendecir panecillos similares y a repartirlos entre los enfermos que acudían a él, obteniendo numerosas sanaciones adicionales.
La aparición de la Virgen con el pan que le devolvió la salud — origen de los "panecillos de San Nicolás" que aún hoy se bendicen cada 10 de septiembre.
Aquella tradición ha dejado, además, un caso histórico verificable fuera del ámbito estrictamente hagiográfico: de niño, el futuro rey Felipe II de España sufrió unas fiebres muy altas, y un sacerdote agustino, Luis de Montoya, le dio a comer estos panes benditos — el monarca sanó, y el episodio quedó registrado en las crónicas de la corte española.
Hay una segunda visión, menos conocida pero igual de decisiva, que explica por qué se le venera hoy como patrono de las Ánimas del Purgatorio. Un sábado por la noche, tras una larga oración, Nicolás escuchó una voz lastimera que lo llamaba por su nombre: era fray Peregrino, un hermano de su propio convento recién fallecido, que le pedía que celebrara misa por él para poder librarse por fin de sus penas. Siguiendo aquella voz en la visión, Nicolás vio una llanura inmensa cubierta de innumerables almas envueltas en torbellinos de llamas purificadoras, que le tendían las manos suplicantes y le llamaban por su nombre. Conmocionado, se lo contó a su prior al amanecer, quien le dio permiso para celebrar misa por aquellas almas durante toda una semana. Al séptimo día, fray Peregrino volvió a aparecérsele, esta vez para darle las gracias: ya era libre.
La visión de las almas del Purgatorio tendiéndole las manos — el origen de su patronazgo más venerado.
Reliquias y arqueología
Nicolás murió el 10 de septiembre de 1305 en Tolentino, tras un año de enfermedad, y fue enterrado en la iglesia de su propio convento, en la misma capilla donde solía celebrar misa. Cuarenta años más tarde, en 1345, su cuerpo fue exhumado y se comprobó que permanecía incorrupto. En aquella misma ocasión, con el fin de custodiar una reliquia mayor, le fueron amputados ambos brazos para construir con ellos un relicario propio.
Lo que siguió es uno de los episodios más extraños de toda su historia póstuma: un siglo después, al examinar de nuevo los huesos, se descubrió que los brazos amputados se hallaban intactos y empapados en sangre fresca, pese a llevar décadas separados del cuerpo. El fenómeno volvió a repetirse en distintas ocasiones a lo largo de los siglos siguientes, siempre documentado por testigos religiosos del santuario, sin que se haya ofrecido jamás una explicación natural satisfactoria. Hoy sus restos, incluidos esos brazos, se conservan en la Basílica de San Nicolás de Tolentino, en la ciudad italiana que lleva su nombre.
Cómo reconocerlo en el arte
San Nicolás de Tolentino se representa con el hábito negro de la Orden de San Agustín, salpicado a veces de pequeñas estrellas, en alusión a la que le guiaba de noche. Su atributo más distintivo es una perdiz posada sobre su mano, recordando el milagro del ave resucitada, aunque en ocasiones aparece en su lugar un pan o unas monedas, evocando su caridad hacia los pobres y los enfermos. Es frecuente también representarlo rodeado de almas entre llamas que le tienden las manos suplicantes, en referencia a su papel como intercesor de las Ánimas del Purgatorio — uno de los temas iconográficos que con más fuerza y frecuencia se le asocian en la pintura barroca española e italiana.
Folclore y actualidad
La devoción a San Nicolás de Tolentino saltó pronto de Italia a toda Europa y, con la evangelización española y portuguesa, cruzó también el Atlántico. Uno de los ejemplos más vivos es la ciudad de Barranquilla, en Colombia: fundada originalmente bajo el nombre de "Barrancas de San Nicolás", tiene a este santo como patrono hasta el día de hoy, y su templo principal —construido a lo largo de casi trescientos años— presidió durante décadas la vida religiosa de la ciudad como su primera pro-catedral.
La estatua del santo en la histórica plaza de San Nicolás de Barranquilla sufrió un acto vandálico en 2015, que le arrancó las manos —las mismas que sostenían el ave y el libro de su iconografía tradicional—. Un escultor local las restauró al año siguiente con materiales más resistentes, en un gesto muy celebrado por los vecinos como símbolo de la recuperación del centro histórico de la ciudad.
Cada 10 de septiembre, comunidades agustinas de todo el mundo siguen bendiciendo y repartiendo los llamados "panecillos de San Nicolás", en memoria directa del milagro que le devolvió la salud — una tradición que no se ha interrumpido en más de setecientos años.
Patronazgo
Patrono de las Ánimas del Purgatorio, protector contra la peste, invocado por la maternidad y la infancia. Patrono también de la ciudad de Barranquilla (Colombia) y de numerosas localidades de España, México y América Latina.
Oración
San Nicolás de Tolentino, que sostuviste tu entrega incluso bajo los golpes más duros, y que nunca dejaste de interceder por quienes ya no pueden pedir por sí mismos, ayúdanos a perseverar en la fe en medio de nuestras propias pruebas, y a no olvidar nunca a quienes nos precedieron. Amén.
DIES SANCTI