Dies SanctiDIES SANCTI
← Volver al inicio
San Pedro de Alcántara, fraile franciscano extremadamente delgado, descalzo, con el hábito remendado y las manos juntas en oración extática, mirando al cielo, en estilo de pintura española del Siglo de Oro

19 de octubre

San Pedro de Alcántara

En el arte: fraile franciscano descarnado, en éxtasis, mirando al cielo

En el arteFraile franciscano descarnado, en éxtasis, mirando al cielo

La época

España, siglo XVI — el llamado Siglo de Oro español, tiempo de grandes reformas religiosas dentro de la Iglesia católica (la Contrarreforma) y de una generación extraordinaria de místicos y reformadores: Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola. Extremadura, donde nace esta historia, es una tierra árida y despoblada, de pueblos pequeños y conventos pobres.

La historia

Nace en 1499 en Alcántara (Cáceres), hijo del gobernador de la villa y de una familia noble. A los 16 años, al ver pasar frente a su casa a dos frailes franciscanos descalzos, los sigue sin pensarlo y pide ser admitido en el convento. Con 39 años llega a ser ministro provincial de su orden, pero lejos de instalarse en el cargo, busca mayor soledad y rigor: emprende una reforma que dará lugar a una rama de "estricta observancia", los Franciscanos Descalzos, también llamados Alcantarinos en su honor.

Él mismo dirige la construcción de su primer convento, El Palancar, en Pedroso de Acim (Cáceres) — tan pequeño que ha sido descrito como "la octava maravilla del mundo": su celda original mide menos de tres metros cuadrados y apenas dos de altura, y la capilla solo tiene sitio para el sacerdote y un acólito. Cuando los obreros le preguntaban por qué construía las celdas tan bajas y las entradas tan estrechas, él respondía que así se obligaba el cuerpo a inclinarse, como corresponde ante Dios.

San Pedro de Alcántara dirige la construcción de un diminuto convento de piedra junto a varios frailes franciscanos, en un paisaje extremeño, en estilo de pintura española del Siglo de Oro

Pedro dirige la construcción de El Palancar, el convento más pequeño del mundo.

En 1560, de paso por Ávila, visita el convento de la Encarnación y conoce a Teresa de Jesús, que atraviesa entonces una crisis profunda: varias personas de confianza le aseguran que las visiones místicas que experimenta son engaños del demonio. Pedro, que conoce ese terreno por experiencia propia, la escucha, la entiende, y le asegura sin ninguna duda que lo que vive viene de Dios — y no se queda en una palabra de consuelo: habla en su favor ante otros sacerdotes que la dirigían espiritualmente, allanando el camino para que Teresa emprenda, con su apoyo, la reforma del Carmelo.

San Pedro de Alcántara conversa en un locutorio conventual con Santa Teresa de Jesús, que pasa de la angustia al alivio, en estilo de pintura española del Siglo de Oro

El encuentro decisivo con Santa Teresa de Jesús en Ávila.

Dos meses después de la inauguración del primer convento reformado de Teresa, el de San José, Pedro cae gravemente enfermo y es trasladado al convento de Arenas para morir entre sus hermanos. Muere de rodillas, recitando un versículo del salmo: "¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor!". Cuenta Teresa en su autobiografía que, poco después, él mismo se le apareció, radiante, y le dijo: "¡Bienaventurada penitencia, que tanto premio me ha merecido!" — las primeras de varias apariciones con las que, según ella misma relató, la siguió acompañando y aconsejando desde el cielo durante los años siguientes de la reforma carmelita.

San Pedro de Alcántara muere de rodillas en su celda mientras, al mismo tiempo, su figura radiante se aparece a Santa Teresa de Jesús en su propia celda, en estilo de pintura española del Siglo de Oro

La muerte de Pedro y su aparición a Santa Teresa.

Milagros

Las fuentes de la época describen a Pedro como un hombre frecuentemente "arrebatado en éxtasis que duraban largo tiempo y estaban acompañados de otros fenómenos extraordinarios" — un compañero suyo llegó a contar que a veces pasaba una semana entera sin comer, coincidiendo con esos periodos de oración tan profunda que sus sentidos dejaban de registrar lo que ocurría a su alrededor. Tenía, además, una devoción muy intensa a la Santa Cruz que, según el testimonio recogido en su proceso de canonización, le hacía entrar en éxtasis y levitar ante ella; en más de una ocasión lo encontraron así, suspendido en el aire a la altura del travesaño de un gran crucifijo.

El propio proceso de beatificación recoge otros prodigios atribuidos a él: cruzó ríos crecidos caminando sobre el agua sin mojarse en numerosas ocasiones —incluido el Tiétar, cerca de su convento—; en pleno temporal de nieve en el Puerto del Pico, de camino a Ávila, la nieve se apartó formando una especie de pequeña tienda a su alrededor sin llegar a tocarlo; y para convencer a unos compañeros escépticos, clavó su bastón de caminante en tierra seca y, ante todos, brotó una higuera — cuyos higos, según decenas de testigos que declararon en el proceso, curaban enfermedades. Se le atribuyen también curaciones de enfermos, incluida la vista recuperada de una niña ciega, y el don de la profecía.

Filosofía y forma de vida

En la soledad del convento de la Lapa, Pedro escribe su Tratado de la oración y meditación, donde vuelca su propia experiencia del amor divino. El libro tendría una influencia enorme: lo leyeron y admiraron Teresa de Jesús, fray Luis de Granada, y san Francisco de Sales, que llegaría a ser Doctor de la Iglesia. Para Pedro, la penitencia extrema que practicaba sobre su propio cuerpo no era un fin en sí mismo, sino un medio: una forma de que la carne dejara de frenar los "vuelos del espíritu" hacia Dios. Era, al mismo tiempo, de un trato cordial, afable y cariñoso con los demás — el contraste entre su dureza consigo mismo y su dulzura con los otros fue, según quienes lo conocieron, lo que más llamaba la atención de él.

Curiosidades

Por su costumbre de pasar la noche entera en vela, rezando sin dormir, se convirtió con el tiempo en el patrono de los vigilantes y guardias nocturnos. Y, sin ser portugués ni brasileño, es desde 1826 el patrono principal de Brasil: la devoción que la corona portuguesa sentía por él llevó a que el príncipe heredero fuera bautizado con su nombre; ya como Dom Pedro I, primer emperador de un Brasil recién independizado, pidió personalmente al papa León XII que lo declarara patrono del nuevo país.

Reliquias y arqueología

El cuerpo de Pedro descansa en la iglesia de Arenas de San Pedro (Ávila) —la villa tomó su nombre actual en su honor tras su muerte—, donde también se conserva un museo con reliquias y recuerdos suyos, y pueden visitarse las ermitas donde los frailes se retiraban a orar. El convento de El Palancar, en Pedroso de Acim (Cáceres), sigue en pie y es hoy lugar de visita y peregrinación, con su diminuta celda original todavía conservada.

El escultor barroco Pedro de Mena realizó en 1628 una talla del santo "en éxtasis" que se convertiría en la referencia iconográfica más repetida de Pedro de Alcántara — la imagen de un asceta descarnado, con el rostro vuelto hacia el cielo, que inspira buena parte del arte religioso posterior dedicado a él.

Cómo reconocerlo en el arte

Se le representa como un fraile franciscano de extrema delgadez, casi esquelético, con el hábito pardo remendado, descalzo, y el rostro vuelto hacia arriba en gesto de éxtasis místico — la imagen que fijó para siempre la talla de Pedro de Mena.

Patronazgo

Patrono principal de Brasil, de los vigilantes y guardias nocturnos, y de Extremadura (desde 1962, cuarto centenario de su muerte).

Oración

San Pedro de Alcántara, tú que supiste reconocer en otra alma la voz de Dios cuando nadie más quiso creerla, danos la humildad de escuchar a quien se siente solo o incomprendido, y la generosidad de ponernos de su lado sin pedir nada a cambio. Amén.

Fuentes consultadas: ACI Prensa, Catholic.net, Cervantes Virtual, prensa generalista de calidad.

← Volver a hoy