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Santa Rosalía de Palermo

4 de septiembre

Santa Rosalía de Palermo

En el arte: la corona de rosas blancas, el crucifijo y la calavera de la penitencia

En el arteLa corona de rosas blancas, el crucifijo y la calavera de la penitencia

La época

Corría el siglo XII en Sicilia, bajo el reino normando de los Altavilla, una de las dinastías más poderosas de la Europa de entonces. La isla vivía un momento de esplendor cultural, mezclando tradiciones bizantinas, árabes y normandas en una corte refinada. Fue en ese ambiente de nobleza palaciega donde nació, hacia 1130, una joven emparentada con la propia familia real, cuya vida daría un giro que nadie en la corte esperaba.

La historia

Rosalía había sido prometida en matrimonio a Balduino, uno de los caballeros más fieles del rey. Todo estaba dispuesto para la boda cuando, la víspera de la ceremonia, mientras se arreglaba frente a un espejo, vio reflejado en él el rostro de Cristo en lugar del suyo propio. Aquella visión bastó para cambiar el rumbo de toda su vida: se cortó las trenzas, comunicó su decisión a su familia y a su prometido, y abandonó el palacio para siempre.

Una joven noble medieval sentada ante un espejo ve reflejado el rostro radiante de Cristo en lugar del suyo, con unas tijeras doradas y una trenza cortada sobre la mesa, representado al estilo de una miniatura de manuscrito iluminado medieval

La visión que cambió su destino: el rostro de Cristo en el espejo, la víspera de su boda.

Se retiró primero a una cueva del monte Quisquina, en tierras de su propio padre, donde vivió doce años en soledad casi absoluta. Allí dejó grabada en la piedra una inscripción que se conserva hasta hoy: "Yo, Rosalía, hija de Sinibaldo, señor de Rosas y Quisquina, he tomado la decisión de vivir en esta cueva por el amor de mi Señor Jesucristo." Más tarde se trasladó a una segunda cueva, en el monte Pellegrino, cerca de Palermo, donde pasó sus últimos años dedicada por completo a la oración y la penitencia, hasta morir en soledad hacia 1160-1170, sin que casi nadie en la ciudad supiera de su existencia.

Una ermitaña medieval arrodillada en oración dentro de una cueva rocosa, tallando algo en la pared de piedra junto a un pequeño altar, con una ciudad lejana visible a través de la abertura de la cueva, representado al estilo de una miniatura de manuscrito iluminado medieval

Los últimos años en la cueva del Monte Pellegrino: soledad, oración y penitencia, ignorada por el mundo que había dejado atrás.

Curiosidades

Durante siglos, la memoria de Rosalía quedó prácticamente olvidada. Todo cambió en 1624, cuando Palermo estaba siendo devastada por una terrible epidemia de peste. Según la tradición, la santa se apareció en sueños a una mujer enferma —también llamada Rosalía, coincidencia que la propia tradición subraya— indicándole el lugar exacto de la cueva donde debía excavar. Los huesos hallados allí fueron llevados en solemne procesión por las calles de Palermo, y la peste remitió poco después. El papa Urbano VIII la incluyó formalmente en el Martirologio Romano en 1630.

Reliquias y arqueología

Cuando se encontraron los huesos en la cueva en 1624, el arzobispo de Palermo encargó a una comisión médica que los examinara. Su primer dictamen fue que no se podía confirmar que fueran restos humanos. Ante ese resultado poco favorable, se formó una segunda comisión, esta vez con la participación de teólogos, que sí concluyó que pertenecían a la santa — y los restos fueron trasladados solemnemente a la catedral.

En esa misma cueva no había un único conjunto de huesos: junto a los que se identificaron como de Rosalía, había también otros restos —que la tradición local atribuye a un fraile y un novicio que habrían ocupado la cueva en algún momento posterior— y huesos de cabra, animal frecuente en aquellas laderas. Sin las herramientas de análisis que existen hoy, la comisión de 1624-1625 se guio por indicios como el color pálido de los huesos y un aroma intenso a flores que, según los testigos de la época, desprendían al abrirlos, concluyendo que los huesos "blancos" eran los de la santa.

Dos siglos después, en 1826, el geólogo y paleontólogo británico William Buckland visitó el santuario durante su viaje de novios y, con ojo experto, identificó aquellos restos como huesos de cabra, no humanos. El hallazgo generó fricción con las autoridades religiosas locales de la época, que cuestionaron la fiabilidad de un examinador que no compartía su misma fe. Los restos se guardaron desde entonces en una urna que, según se cuenta, no ha vuelto a abrirse. El episodio, décadas más tarde, hasta llegó a mencionarse con humor en una revista científica internacional, bajo el título "Santa Rosalía era una cabra" — un guiño curioso que ha viajado mucho más allá de Sicilia.

Más allá de la anécdota, el caso ilustra algo real y humano: identificar restos antiguos sin tecnología moderna era una tarea imprecisa, y no resulta extraño que en un espacio compartido por distintos ocupantes a lo largo de los siglos —eremitas, animales, religiosos posteriores— se mezclaran huesos de procedencias muy distintas. Lo que sí es un hecho incuestionable, documentado en la propia crónica de la época, es que la devoción hacia Rosalía y la fe del pueblo de Palermo fueron reales y tuvieron consecuencias históricas tangibles, independientemente de qué huesos exactos se veneraran después en la catedral.

Una solemne procesión de clero y ciudadanos porta un relicario ornamentado por las calles de una ciudad medieval, con un obispo bendiciendo a la multitud arrodillada, representado al estilo de una miniatura de manuscrito iluminado medieval

La procesión de las reliquias por Palermo en 1625, tras la que la peste que asolaba la ciudad remitió.

Cómo reconocerla en el arte

Santa Rosalía se representa de dos formas bien distintas según la tradición pictórica: como una humilde ermitaña, vestida con una túnica ajada y ceñida por un cordón, cabellera suelta o cubierta con un velo blanco; o como una rica doncella palaciega, recordando su origen noble antes de renunciar a él. En ambos casos comparte los mismos atributos: una corona de rosas blancas en alusión a su nombre —que en muchas pinturas recibe directamente de manos del Niño Jesús o de un ángel—, un crucifijo, y una calavera que simboliza su vida de penitencia. El pintor flamenco Anton van Dyck, que se encontraba en Palermo cuando se hallaron sus reliquias, popularizó esta última imagen hasta convertir la calavera en un símbolo asociado también a la protección contra la peste.

Folclore y actualidad

Palermo sigue celebrando a "la Santuzza" —así la llaman con cariño— con una devoción que no ha dejado de crecer en cuatrocientos años. Del 11 al 15 de julio se celebra el Festino, una fiesta multitudinaria que conmemora el fin de la peste de 1625, con procesión de un gran carro alegórico por el centro histórico de la ciudad. Y cada 4 de septiembre, aniversario de su muerte, miles de peregrinos suben a pie —algunos incluso descalzos, como acto de devoción— por el empinado sendero que lleva desde la ciudad hasta la cueva-santuario en lo alto del Monte Pellegrino.

En 2024, con motivo del cuarto centenario del hallazgo de sus reliquias, el papa Francisco envió un mensaje al arzobispo de Palermo destacando que Rosalía "cuida de su pueblo, en particular de los jóvenes, presa de falsas ilusiones" — una lectura actualizada de su figura como protectora frente a las "plagas" del mundo contemporáneo, más allá de la epidemia que la hizo famosa en el siglo XVII.

Patronazgo

Patrona de Palermo; invocada como protectora contra la peste, las epidemias y los terremotos.

Oración

Santa Rosalía, que renunciaste a una vida de comodidad y nobleza por una visión que te cambió para siempre, y cuya intercesión trajo consuelo a un pueblo entero en tiempos de enfermedad, ayúdanos a reconocer lo esencial cuando todo lo demás pierde sentido. Amén.

Fuentes consultadas: ACI Prensa, EWTN, Archidiócesis de Granada, Vatican News, L'Osservatore Romano, Holyart, Centro de Estudios Borjanos, Nomado Travel, La Sicilia in Rete.

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