La época
España, primera mitad del siglo XVI, bajo el reinado del emperador Carlos V. Es el mismo año en que Tomás profesa como fraile agustino, 1517, cuando en Alemania otro monje agustino, Martín Lutero, clava sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg: mientras uno abre la gran fractura que dividiría a la cristiandad occidental, el otro dedica su vida entera a una reforma silenciosa desde dentro, con el ejemplo antes que con la polémica.
Tomás se convierte en arzobispo de Valencia en octubre de 1544. Apenas catorce meses después, en diciembre de 1545, se abre en Italia el Concilio de Trento — el gran concilio que pasaría casi veinte años definiendo la respuesta católica a la Reforma protestante, y que entre sus reformas más urgentes exigiría precisamente lo que Tomás ya practicaba por su cuenta desde antes: que los obispos residieran de verdad en sus diócesis, en vez de vivir lejos cobrando rentas por delegación (un abuso muy extendido entonces), y que dedicaran su tiempo y sus bienes al cuidado pastoral directo de los pobres. Sin saberlo, Tomás llevaba ya puesta en práctica la reforma del episcopado que media Europa católica tardaría veinte años de debates conciliares en exigir por decreto.
La historia
Nace en 1486 en Fuenllana (Ciudad Real), hijo de Alonso Tomás García y Lucía Martínez de Castellanos, una familia ya conocida en la región como "los santos limosneros" por su generosidad constante con los necesitados. El pequeño Tomás crece imitando ese ejemplo: un día, estando sus padres fuera de casa, llegaron seis niños pobres pidiendo limosna. Al no encontrar nada que darles, Tomás fue al gallinero y les repartió seis pollitos, uno a cada uno — y explicó después a su madre que, de haber habido un pobre más, también le habría dado la gallina entera.
De niño, ya repartía lo poco que tenía a su alcance.
Estudia Artes y Teología en la Universidad de Alcalá de Henares, donde llega a ser profesor de filosofía. Pero a los treinta años lo deja todo para ingresar como fraile en la Orden de San Agustín, en Salamanca (1517). El emperador Carlos V, que lo tiene como confesor y consejero de confianza, le ofrece el arzobispado de Granada; Tomás lo rechaza por humildad. Años después insiste con la sede de Valencia, y aquí la tradición recoge una anécdota tan repetida como difícil de verificar del todo: se dice que el secretario del emperador, al dictarle el nombre del candidato elegido, entendió mal y escribió "Tomás" en su lugar; al descubrirse el error, el propio Carlos V habría decidido dejarlo tal cual, respondiendo "no; lo que está escrito permanecerá". Fuera o no exactamente así, Tomás termina aceptando por obediencia, y es consagrado arzobispo de Valencia el 10 de octubre de 1544 — la misma fecha en la que hoy se celebra su fiesta.
Forma de vida
Como arzobispo, uno de los cargos más prestigiosos de toda la Península, sigue viviendo como el fraile pobre que siempre quiso ser: barre él mismo su habitación, remienda su propia sotana, y come de una mesa sin lujos. Cuando el cabildo de la catedral le regala 4.000 ducados para "mejorar su ajuar" episcopal, los destina íntegros a reconstruir el Hospital General de Valencia, que acababa de incendiarse, razonando: "así todos tendremos parte de este dinero: los pobres albergándose, yo viéndolos socorridos, y el cabildo socorriéndolos".
Atiende personalmente a diario a más de quinientos pobres en su propio palacio, sin importar la hora a la que acudan. Dedica particular atención a los niños huérfanos y a las jóvenes pobres sin dote para casarse. En 1533, siendo todavía provincial de su orden en Andalucía y Castilla, envía a los primeros frailes agustinos que llegarían a México — con un papel activo, por tanto, en los primeros años de la evangelización de América.
Milagros
El más citado de sus milagros ocurre en una calle de Valencia: un mendigo paralítico le pide limosna, y Tomás le pregunta si preferiría ganarse la vida trabajando con sus propias manos. Ante la respuesta afirmativa del hombre, el arzobispo le dice: "En nombre de Jesús crucificado, deja tus muletas y anda" — y el mendigo se incorpora y camina, ante el asombro de cuantos presenciaban la escena.
El milagro del mendigo paralítico, en Valencia.
Se le atribuyen además frecuentes éxtasis místicos durante la misa —especialmente al cantar el Gloria— y al rezar los salmos, momentos en los que, según los testigos, su rostro llegaba a brillar de forma perceptible. Estos arrobamientos, vividos en público delante de sus diocesanos, contribuyeron notablemente a la veneración que ya se le tenía en vida.
Curiosidades
En su lecho de muerte, en 1555, su única preocupación no fue ninguna de las que suelen ocupar los últimos pensamientos de un hombre poderoso: fue repartir hasta el último real que quedaba en las arcas del arzobispado. Se dice que insistía a su administrador: "dense prisa, que no quede un real, que no me esté en casa ese dinero". Murió, coherente hasta el final, prácticamente sin nada a su nombre — sin siquiera una cama propia, según recoge el Martirologio Romano.
Sus últimas horas: repartiendo lo que le quedaba, hasta el final.
Reliquias y arqueología
En Fuenllana (Ciudad Real), su localidad natal, se conserva todavía parte de la casa familiar original, con el escudo de la familia visible junto a un pequeño oratorio — lugar visitable hoy para quien quiera acercarse a sus orígenes.
Cómo reconocerlo en el arte
Se le representa como obispo agustino, con mitra y báculo, pero con el hábito humilde de la orden asomando bajo las vestiduras episcopales. Su atributo más característico es la limosna: una bolsa de monedas o una moneda entre los dedos, a menudo entregándola directamente a un mendigo o a un niño, escena que resume mejor que ninguna otra el sentido de toda su vida.
Patronazgo
Patrono de la archidiócesis de Valencia, ciudad donde ejerció su episcopado y donde se le sigue venerando con especial devoción.
Oración
Santo Tomás de Villanueva, tú que de niño ya sabías que compartir lo poco es más grande que guardar lo mucho, y que de arzobispo demostraste que ningún cargo justifica dejar de ver al que sufre a tu lado, ayúdanos a medir nuestra vida no por lo que acumulamos, sino por lo que fuimos capaces de repartir. Amén.
DIES SANCTI