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San Virila, abad de Leyre, anciano con bastón abacial junto al monasterio, en estilo de miniatura iluminada altomedieval

3 de octubre

San Virila de Leyre

En el arte: anciano abad con bastón, junto a un pájaro cantor o a la puerta de un monasterio de montaña

En el arteAnciano abad con bastón, junto a un pájaro cantor o a la puerta de un monasterio de montaña

La época

Reino de Pamplona, primera mitad del siglo X — un momento de gran inestabilidad para el pequeño reino cristiano de los Pirineos. En el año 924, el califa cordobés Abd al-Rahman III lanza una campaña devastadora contra Navarra y llega a saquear la propia ciudad de Pamplona. El rey y el obispo de la sede episcopal se ven obligados a huir y refugiarse en el monasterio de Leyre, en plena sierra — que a partir de ese momento se convierte en algo mucho más que un cenobio: pasa a ser palacio real, sede episcopal de facto y panteón de la dinastía fundadora del reino, casi al mismo tiempo.

El rey de Pamplona y el obispo, huyendo con su séquito, llegan a la puerta del monasterio de Leyre mientras al fondo arde una ciudad, en estilo de miniatura iluminada altomedieval

El rey y el obispo de Pamplona se refugian en Leyre, año 924.

Es este el escenario exacto —un reino pequeño y acosado, refugiado en la montaña frente al poder de Córdoba— en el que Virila ejerce como abad, documentado en esas mismas fechas (925 y 928). Un siglo más tarde, ya reconstruido tras un nuevo ataque de Almanzor, el rey Sancho III el Mayor calificaría a Leyre como "centro y corazón de mi reino".

La historia (leyenda)

Virila es un abad bondadoso y sencillo, pero una sola duda no le deja descansar: no consigue comprender cómo la eternidad junto a Dios, con sus siglos y siglos sin fin, puede no acabar resultando tediosa. Una tarde de primavera, incapaz de apartar el pensamiento de la cabeza, sale a pasear por el bosque cercano al monasterio. Se detiene junto a una fuente, y allí un pájaro —un ruiseñor, según casi todas las versiones— comienza a cantar. Virila queda embelesado, absorto por completo en la belleza de aquel trino.

El abad Virila sentado junto a una fuente en el bosque, absorto escuchando el canto de un pájaro posado en un árbol, en estilo de miniatura iluminada altomedieval

Absorto por el canto del pájaro en el bosque.

Cuando por fin vuelve en sí y regresa al monasterio, algo no encaja: el hermano portero no lo reconoce. Nadie dentro de Leyre sabe quién es. Insiste en que él es el abad Virila, y ante la desconcertante situación, los monjes consultan los archivos del monasterio — y descubren, atónitos, que trescientos años antes había desaparecido en el bosque un abad que llevaba exactamente ese nombre.

El abad Virila, de pie ante la puerta del monasterio, es recibido con desconcierto por un joven monje portero que no lo reconoce, en estilo de miniatura iluminada altomedieval

De vuelta en un monasterio que ya no lo reconoce.

Milagros

La leyenda tiene un cierre casi teatral. Mientras la comunidad entera se reúne conmocionada por el hallazgo, se abre la bóveda de la iglesia y desciende un pájaro con el anillo abacial en el pico, que se posa y coloca el anillo en el dedo de Virila, devolviéndole así su identidad. En ese mismo instante se oye una voz: "Virila, si trescientos años te han parecido un instante escuchando el canto de un pájaro, imagina cómo será la eternidad junto a Dios". Es la respuesta, servida en forma de experiencia vivida y no de argumento teológico, a la duda que llevaba atormentándolo toda la vida.

Curiosidades

Esta historia no es exclusiva de Leyre: el mismo motivo —un monje que se queda absorto o dormido durante siglos por el canto de un ave o una música celestial, y regresa a un mundo que ya no lo reconoce— se repite casi calcado en monasterios de toda la Europa medieval, y tiene un paralelo casi idéntico en Galicia, con la leyenda de San Ero de Armenteira. Es, en el fondo, una fábula muy extendida sobre la relatividad del tiempo frente a la eternidad, que cada monasterio adoptó y localizó como propia con el paso de los siglos.

La historia sigue viva hoy, y no solo como curiosidad turística: un monje de Leyre, preguntado hace pocos años si lo que vivió Virila no debía de resultar aburrido, respondía que en absoluto — que fue "una gracia especial que experimentaron también otros grandes santos, desde San Pablo hasta Santa Teresa de Jesús", y que en el fondo todos podemos vivir algo parecido cuando nos entregamos por completo a la contemplación.

Reliquias y arqueología

El propio monasterio de Leyre es, en sí mismo, un relato de más de mil años que empieza mucho antes de Virila y sigue mucho después de él. Ya en el siglo IX se convirtió en el primer panteón real del incipiente Reino de Pamplona, y todavía hoy descansan allí, guardados en una arqueta de roble con herrajes neogóticos bajo un arcosolio del siglo XV, los restos de sus primeros monarcas —Íñigo Arista, García Íñiguez, Fortún Garcés—. De este último se cuenta un detalle entrañable: tras un largo cautiverio en Córdoba, decidió hacerse monje del propio Leyre y pasar allí sus últimos años, siendo enterrado junto a los reyes que lo precedieron.

Décadas antes de que Virila llegara al cargo, hacia el año 880, el monasterio recibió las reliquias de dos niñas mártires mozárabes, Nunilo y Alodia, ejecutadas en Huesca por negarse a renunciar a su fe — un rastro más de la frontera religiosa tan viva en la zona durante esos siglos. Y unos setenta años después de la muerte de Virila, ya en la década de 990, el propio Almanzor arrasó el monasterio en sus campañas contra los reinos cristianos del norte. La ironía quiso que, poco después, Leyre terminara custodiando durante generaciones un objeto de lujo casi burlón: la llamada Arqueta de Leyre, un cofre de marfil islámico encargado nada menos que por Abd al-Malik, hijo del propio Almanzor, que acabó como botín de guerra en manos cristianas y fue donado al monasterio — hoy se conserva en el Museo de Navarra.

De la reconstrucción posterior a esa destrucción data la joya arquitectónica que hoy puede visitarse: la cripta prerrománica del siglo XI, de columnas robustas y capiteles toscos, y la llamada Puerta Speciosa, de finales de ese mismo siglo, con sus figuras de rostros austeros tan características del primer románico navarro. El monasterio sigue habitado hoy por una comunidad benedictina activa — no es una ruina musealizada, sino un lugar de culto y vida monástica real, con más de mil años de continuidad casi ininterrumpida.

Cómo reconocerlo en el arte

Anciano abad con barba larga, bastón o báculo abacial, representado casi siempre junto a un pájaro cantor posado en un árbol, o a las puertas de un monasterio de montaña — un santo cuya iconografía está indisolublemente ligada a la escena concreta de su leyenda, más que a atributos fijos independientes de ella.

Folclore y actualidad

El monasterio de Leyre, en el Camino Aragonés (que se une al Francés en Puente la Reina), sigue recibiendo hoy a peregrinos y visitantes que escuchan de boca de sus propios monjes la leyenda de Virila — una comunidad benedictina que continúa viviendo, mil cien años después, en el mismo lugar donde él fue abad.

Patronazgo

Patrono del monasterio de Leyre, del que forma parte de su calendario propio de santos desde época muy temprana.

Oración

San Virila, tú que aprendiste en un instante lo que ninguna palabra te había podido explicar, ayúdanos a dejar de temer el tiempo que nos queda por vivir, y a confiar en que la eternidad, lejos de ser tediosa, será tan plena como un solo canto que no termina nunca. Amén.

Fuentes consultadas: Alfa y Omega, Monasterio de Leyre (web oficial), Real Congregación de San Fermín de los Navarros, patrimoniocultural de Navarra.

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